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Artistas

Barry Rogers, un latino que vino de Polonia

Ser un judío polaco en el Spanish Harlem no es fácil. Si le preguntaban al pequeño Barron Rogenstein la ubicación exacta del infierno, sin dudas habría señalado ese ruidoso perímetro entre las calles 96 y 125 de Nueva York, donde su cintura sorda era la burla de los morenos. Pero esta no es la historia de un individuo acomplejado por la falta de ritmo, sino de Barron Rogenstein, más conocido como Barry Rogers, el más grande trombonista de la música afrocaribeña.

Cuando pensamos en trombones en la música del Caribe vemos una cara pálida, ojos claros e impulsos que soplan desde el este de Europa. En la orquesta ideal el titular del trombón es Barry Rogers, descendiente de judíos polacos, nacido en Nueva York en 1935 y muerto en 1991, acompañante musical de obras inmortales  del género al lado de Eddie Palmieri, Mon Rivera o Joe Cotto.

Barry Rogers, como su nombre lo indica, no nació en Cuba, Puerto Rico o República Dominicana, ni tampoco lo hicieron sus padres ni sus abuelos. Es judío de origen y su presencia en la música afroboricua dista de ser exótica, pues otros nombres como Larry Harlow o George Goldner, también construyeron la historia de este género, ya fuera atrás de un piano o de un escritorio. Sin embargo, la música se encargó de que Rogers aprendiera el idioma del Spanish Harlem.

El trombón había entrado en la historia de la música afrocaribeña desde las épocas de Generoso Jiménez, el músico cubano cuyas magistrales interpretaciones volvieron imposible imaginar una orquesta de música antillana sin este metal a imagen y semejanza del jazz, donde ya se había ganado un lugar de privilegio a punta de solos.

Que el trombón no sea un instrumento de simple acompañamiento en la música afrocaribeña de los años 60 y 70 lo demuestra fielmente Barry en la orquesta de Eddie Palmieri, La Perfecta, que pasó a la historia por su combinación única de dos trombones con flauta, sumados a los ya tradicionales violines y flauta de las agrupaciones de la época.

“Si Barry sigue tocando como toca en La Perfecta se va a morir”, alertó en algún momento José Rodriguez, compañero de Rogers en la línea de vientos de la orquesta de Palmieri en los 60, en referencia a las crueles marcas que imprimía su ímpetu en el trombón: labios abiertos como resultado de excesos en la boquilla, desfallecimiento tras interpretaciones en las que participaba hasta de los coros pues castellano maduró hasta sepultar cualquier acento anglófono.

La escuela de Barry Rogers fueron los estudios de grabación. Fue maestro aprendiendo de los maestros: Jack Teagarden y Lawrence Brown, quizás los más célebres trombonistas del jazz, se convirtieron en sus referentes, de los cuales aprendió gracias a un oído privilegiado que le permitiría inclusive interpretar el tres cubano sin siquiera haber pisado la isla.

En 1968 se desintegra La Perfecta de Eddie Palmieri y Barry Rogers se desvincula de las orquestas afrocaribeñas a tiempo completo, pero sigue prestando su trombón a grandes intérpretes del género: Cheo Feliciano, Joe Bataan, Joe Cotto, Mongo Santamaría y el Sexteto La Plata, entre otros, se sirven de sus acompañamientos e inclusive en agosto de 1971 se convierte en el dueño del trombón en el famoso concierto del Cheetah.

Rogers murió en Nueva York a los 55 años, en circunstancias que para algunos de sus familiares no son del todo claras, ya que aseguran que la autopsia no fue concluyente. Más allá del misterio están las certezas: si leen bien en las cartillas de los álbumes, van a encontrar su nombre en trabajos de Tito Puente, Elton John o Aerosmith. Si escuchan con atención, van a encontrar su sello en piezas que a su vez hicieron historia.

Imaginar un mundo sin movimiento es pensar la vida como condena. Si el mismo planeta rota sobre su eje y se mueve alrededor del sol en un ciclo que determina nuestros años, es fantasioso considerar que los individuos contradicen esta dinámica y deben permanecer, por siempre, en el lugar donde nacieron.  El mundo nace y vive en base a ese movimiento y morirá el día en que ese movimiento se detenga.

Los seres humanos copian ese movimiento y lo llaman ‘migración’, un término que con el tiempo se convirtió, sino en una mala palabra, al menos en una expresión conflictiva ya que, nosotros mismos, creamos las fronteras para limitar ese movimiento.  Sin embargo, cada tanto hay personas que nos recuerdan lo artificiales e irreales que son esos límites, nos enseñan que el mundo puede vivir sin fronteras, pero no sin movimiento. Cada tanto, hay hombres geniales como Barry Rogers, un latino que vino de Polonia.

Acerca de juferoes

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, editor de un conocidísimo portal online (que seguramente alguna vez has visto), apasionado de tecnología móvil y de música afrocubana. Mi escritor preferido es Andrés Caicedo y la mejor película que he visto en mi vida (creo) es La Hora 25 de Spike Lee.

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