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Canciones

Hommy: la ópera y la gracia divina

Larry Harlow, director de la orquesta que dio vida a 'Hommy, a latin opera'

Esta es la historia de cómo nuestra música descalza entró en palacios dorados vestida de terciopelo. Esta es la historia de cuando la salsa fue ópera. Esta es la historia de Hommy, de Larry Harlow.

En una oportunidad en la cultura de las Antillas, con sus tambores y trompetas, mirada con desprecio en los pasillos donde se aplaudía de pie a violines y pianos de cola, alquiló un traje que le resultaba ajeno, se coló en salas adornadas por festones y gárgolas y recitó su propio arte en términos que a los presentes le resultaban familiares y extraños al mismo tiempo.

En este espacio solemos hablar mucho de Nueva York, y a veces la constante repetición de un término se presta a sospechas de veneración exagerada hacia un ícono extranjero. Más allá de que la Gran Manzana fue el lugar de convergencia de ritmos y autores de toda Latinoamérica, desde donde regresaron a su lugar de origen transformados, la historia de cómo nuestra música se impuso en los callejones de Manhattan y Brooklyn es el equivalente metafórico de cómo la cultura afro caribeña se ganó un lugar en el mundo. La historia de hoy también sucede en Nueva York, en 1973, cuando la música del Caribe reinaba en los salones de baile pero parecía condenada a permanecer allí.

Larry Harlow, pianista de origen judío, conquistado por los ritmos afro boricuas, fue el primero en constatar la necesidad de romper con ese corral al que estaba reservada la denominada “salsa” y con esa sola idea transformó la música latina. De la misma forma que Mozart contó la historia de Don Giovanni en dos actos y siete escenas, Harlow narró la desgracia, y la gracia –ojo a este término-, de Hommy, en nueve interludios, nueve canciones, una introducción y un “finale”.

Hommy es la historia de un niño que nace ciego y sordo, pero que tiene un talento increíble para la percusión. Ciego, sordo y talentoso, casi una personificación del continente latinoamericano: privado –por diferentes circunstancias históricas- de la posibilidad de existir, pero custodio de un talento innato para la persistencia. Así nació ‘Hommy, a latin opera’, compuesta por Henry Álvarez e interpretada por una combinación de voces e instrumentos, entre los cuales se cuentan Justo Betancourt, Adalberto Santiago, Junior González, Pete “El Conde” Rodríguez y alguien más.

Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz se convirtió en Celia Cruz, la “guarachera de Cuba”, gracias a Hommy y a una separación. Ismael Miranda había dejado la orquesta de Larry Harlow tres meses antes de la grabación del álbum. Fue entonces cuando el llamado “Judío Maravilloso” volvió de México con una voz que no solo podía hacer el trabajo, sino competirle a La Lupe, hasta ese entonces “la reina de la canción latina”, cuyo trono empezó a caer cuando sonó “Gracia divina”.

Hommy abrió una puerta a través de la cual entró Celia Cruz, pero también la denominada “alta cultura” acompañada del violín, que desde ese momento se sentó a pleno derecho en las orquestas de la época, mezclándose con bongós, congas y maracas, haciendo menos traumático el acercamiento entre un público acostumbrado a bailar hasta desfallecer y la opera, un género lírico que implica principalmente el oído, pero que en Hommy encuentra un equilibrio perfecto con el baile.

Sin embargo, la cultura latina entra en estos “altos salones” con la frente en alto, con orgullo y un poco de irreverencia. Un tema como “No queremos sermón” es casi una declaración de principios, de un género que se viste de blanco pero permanece negro, no se deja domesticar, y se alimenta de la alcurnia de la ópera para expandirse y llegar renovada al público al que le pertenece. Contestatario, habla de marihuana y ácido, eleva su mirada al cielo y pide la paz en una época en que los abonados de la ópera lírica apoyaban la Guerra de Vietnam.

“Mírame, óyeme”  es el “finale” de la ópera salsa Hommy, una exhortación a ese mundo al que la “salsa” había entrado tirando abajo las paredes que le habían impedido entrar y ser escuchado. Ella que ahora habla el idioma de quienes la discriminaron, que se atrevió a vestir como quienes la ignoran para ganarse su respeto y su oído. Hommy, ciego, pide ser visto, porque él, sordo, ya escuchó.

Hommy no solo fue salsa en ópera, sino que ocupo los espacios de la ópera: fue estrenada en el Carneggie Hall, reservado hasta ese momento a las orquestas sinfónicas, pero al mismo tiempo, cual equilibrio de clases fue presentada en el popular coliseo Roberto Clemente, de San Juan de Puerto Rico.

Hommy está llena de metáforas. Habla de un padre enojado porque no entiende cómo su hijo, sordo de nacimiento, no habla, en una época donde los latinoamericanos pasaban de ser miles a millones en Estados Unidos, el país que no podía entender su idioma ni sus costumbres. Imagino a Hommy como un moreno, de mirada pérdida y sumisa, y a su padre como un hombre de raza caucásica, con un dedo señalador que se desprende de un sombrero a barras y estrellas.

Veo a Hommy, sordo y ciego, que aprende a hablar sin escuchar y le enseña a su padre, que se queda mudo, a escuchar.

Acerca de juferoes

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, editor de un conocidísimo portal online (que seguramente alguna vez has visto), apasionado de tecnología móvil y de música afrocubana. Mi escritor preferido es Andrés Caicedo y la mejor película que he visto en mi vida (creo) es La Hora 25 de Spike Lee.

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