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Canciones

Los conciertos que marcaron historia

Fania All Stars Live in Africa

Los procesos históricos carecen de una fecha de inicio: son movimientos que se gestan a lo largo de periodos y se resisten a colgarse cédulas que certifiquen su día de nacimiento. No obstante, existen los momentos cumbre: acontecimientos únicos por la configuración entre espacio, tiempo, personajes y deseos. Momentos cuya intensidad elevan una determinada escena a fecha fundacional.

Hoy vamos a hablar de algunos de estos instantes, tan breves como apasionados y profundos, “spartiacque” se diría en italiano: porque parten las aguas, en este caso, las de la historia de la música y abren un nuevo capítulo. Estos son los conciertos que cambiaron el rumbo de la música latinoamericana del Caribe.

La música afrocaribeña no tiene la suerte, que sí tiene el jazz, de sumar a plumas como la de Julio Cortazar, Jack Kerouac o Boris Vian. Como música donde los pies tienen preponderancia sobre las manos y más aún sobre la cabeza, los géneros antillanos impiden la quietud y la reflexión que requiere cualquier ejercicio de escritura.  Pero entonces apareció Andrés Caicedo.

Sin Andrés Caicedo no recordaríamos algunos de los episodios más gloriosos de la llamada salsa: muchos de los momentos de mayor éxtasis del género nos los relató él, en su prosa urbana y hasta sicodélica. Con la conciencia, o no, de estar capturando momentos que se habrían perdido entre tanto alcohol, drogas y baile, Caicedo escribió sobre minúsculos actos valientes que se convertirían en epopeyas de nuestra cultura, como el gran concierto de la Feria de Cali de 1969.

Richie Ray, Bobby Cruz y Nelson González abrieron ese 26 de diciembre una ventana al Caribe y por allí se colaron boogalues, sones y guarachas. El Cali Pachanguero, la Buenaventura y Caney, el Puente, Juanchito y todos los demás lugares míticos del género están en deuda con un momento que ahora descansa como acto inmortal.

Un suceso de magnitudes similares se registró, a un mar de distancia de allí, dos años después.

El 26 de agosto de 1971, en un verano tan caluroso como cualquier otro en el Cheetah Club de Nueva York, nació la salsa, que en aquel momento fue el nombre más corto para nombrar la combinación de mambo con boogaloo, descarga con merengue y ritmos folclóricos con sones, provenientes de Puerto Rico, Cuba y República Dominicana, entre otros.

El night club era propiedad de un cierto Jerry Massuci, quien por ese entonces estaba a cargo de un floreciente sello musical donde figuraban nombres como Héctor Lavoe, Ray Barretto, Cheo Feliciano y Johnny Pacheco, los mismos que integraron el cartel de la noche donde nació la leyenda de la Fania All Stars.

Y si Manhattan fue la cuna de esta reinvención de los géneros tropicales de las Antillas, el Bronx vio con sus propios ojos como dos hermanos separados hace miles de kilómetros y cientos de años se fundieron en un abrazo del que brotó el Latin Jazz. Fue en el Yankee Stadium en 1974.

Dicen, quienes estuvieron allí, que las manos del percusionista cubano Mongo Santamaría cobraron vida propia, se desprendieron de su dueño e hicieron movimientos de una rapidez que el ojo solo pudo descifrar ayudado por el oído. Cuentan que los golpes duros de Ray Barretto sobre los cueros de sus congas permitieron que las cinturas de algunos bailarines hicieran giros que estaban sentenciados en el manual de contraindicaciones del cuerpo humano. Aseguran que esa noche el soul tuvo que exiliarse más allá de Conney Island.

Y si ya se habían encontrado dos hermanos como el soul y la salsa en el Nuevo Continente, por qué no podrían viajar juntos y conocer a su progenitor.

La pelea de Muhammad Ali y George Foreman en 1974 fue como la visita de un pariente que fue obligado a partir encadenado, y que no solo volvió libre sino digno y transformado: heroico y desafiante como los dos mejores boxeadores negros de toda la historia; magistral como Stevie Wonder e increíblemente alegre como Celia Cruz.

Ese 1974 pasará a la historia como el día en que África se rencontró con sus hijos y estos la llenaron de orgullo entre puños de hierro y trompetas celestiales. Ese 1974, lo afro dejó de ser americano y caribeño y volvió a ser uno:  afro, africano, negro y auténtico.

Cada espectáculo en vivo es una comunión única y diferente entre artista y público que le da un nuevo significado a esa relación. Cada tanto, ambos actores se sincronizan a la perfección con la necesidad de una época de tener voz propia y hablar cara a cara con la historia para perpetuarse en la memoria cultural de los pueblos.

Cali, Cheetah, Zaire, el Yankee Stadium, son ventanas a través de las cuales observamos nuestra historia y nos siguen definiendo como latinos, latinoamericanos, afroamericanos y afrocaribeños, como todos y uno solo.

Acerca de juferoes

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, editor de un conocidísimo portal online (que seguramente alguna vez has visto), apasionado de tecnología móvil y de música afrocubana. Mi escritor preferido es Andrés Caicedo y la mejor película que he visto en mi vida (creo) es La Hora 25 de Spike Lee.

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