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Artistas

La batuta de Roberto Roena

El radio de la casa de Roberto Roena siempre está apagado. El maestro puertorriqueño que revolucionó la música del Caribe afirma que escuchar la salsa actual le produce “vergüenza” y en su voz ronca, probada por más de 50 años de trabajo y fiesta- que en su carrera fueron casi lo mismo – se siente un fastidio al hablar de los productores contemporáneos. “Todo suena a lo mismo, no hay identificación personal”,  asegura.

Roberto Roena, el maestro de la fusión rítmicaEl hombre que le abrió las puertas al rock and roll en la música latina y que le obsequió a este ritmo los acordes más preciosos de la bossa nova brasileña, no soporta escuchar una “música sin firma ni sello personal”. Él, que representó mejor que nadie el ritmo frenético del Caribe, el mismo que se apareó con todos los demás para dar luz al primer movimiento musical que borró las fronteras y nos identificó como una única nación, con himnos que se bailaban, no soporta que la radio le diga al oído: esto es lo que nos dejaste, maestro.

Por este motivo, el radio de la casa que comparte con la dulce Nieves, su compañera de la vida y ahora también representante, permanece apagado. Quizás en el silencio de su sala recuerda años más gloriosos y se imagina acompañando con sus firuletes, una vez más, la voz de Ismael Rivera. “Si tuviera que revivir a alguno de los que ya se fueron ese sería Maelo”, confiesa Roena, quien tocó para los mejores, para los que ya no están, y que lo perdonen, dice, pero Rivera “es el tipo más completo que he visto en la música”.

Roberto Roena e Ismael Rivera son los dos negros grandes de nuestra música y, cada uno a su manera pero juntos, derribaron las barreras del prejuicio racial para desfilar sobre alfombras de honor en aquellos escenarios vedados para los de su raza. Eran los años de Cortijo y su Combo, una orquesta de morenos que fue tirando paredes y azotando baldosas en Puerto Rico, Estados Unidos y Sudamérica.

Pero la voz melancólica de Rivera y el cuerpo eléctrico de Roena caminaban estrechas por los pasillos de la gloria y el destino se encargó de que corrieran por carriles separados: en 1962 el arresto de Maelo sentencia la separación de la banda de Cortijo pero, paradójicamente, el nacimiento de la gran orquesta del Caribe, el Gran Combo de Puerto Rico.

“Es una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida”, recuerda Roena y si lo dice el hombre, que formó parte de selecciones excepcionales como Fania All Stars, Apollo Sound y Los Megatones –o sea, de algunos de los mejores conjuntos musicales de todos los tiempos- hay que creerle.

Como si faltaran méritos y anécdotas para inscribir a Roberto Roena  en la historia de “nuestra cosa latina” -para usar los términos comercializados por Jerry Masucci- basta agregar que el Gran Combo nació en la sala de su casa, aunque él mismo no haría parte de esa agrupación, a tiempo completo, sino hasta 1969.

De sus años en la “Universidad de la salsa” hay cientos de ocurrencias, aventuras y hasta mitos. Uno es el que asegura que su salida de allí estuvo marcada por una rivalidad con Andy Montañez. El tiempo cambia pero el silencio no se descongela y tampoco hoy fue el día en que Roberto Roena reveló los motivos de su partida: “fueron inquietudes musicales que uno tenía en esa época”, dice el maestro pero deja muy claro que no cabe espacio para la presunta pelea con Montañez, a quien considera el mejor cantante de las decenas de voces que han pasado en casi medio siglo del Gran Combo de Puerto Rico.

“Lleva cantando más de 50 años y sigue haciéndolo igual o mejor que antes. A las 4 de la mañana cuando todo el mundo está cansado y se quiere ir a dormir el tipo sigue, cantando, como si las horas que llevamos en el escenario fueran un entrenamiento. Es increíble”, confiesa Roena en un elogio que, viniendo de un hombre que fue literalmente “el alma de la fiesta”, es digno, al menos, de un chapeau para el intérprete de “Casi te envidio”.

“Inquietudes musicales”, dice Roena sobre su salida del Gran Combo, con un énfasis en las “s” finales poco usual en su genuino acento puertorriqueño, dejándonos con una inquietud que él mismo se encarga de barrer con su siguiente afirmación: “lo hice y gracias a Dios porque después todo salió mejor”. Y en ese después escuchamos asomar en su voz el recuerdo vivo del Apollo Sound, la orquesta con la que aún hoy ejecuta su idea de qué es la música.

Pocas personas en el mundo recuerdan que antes del célebre Apolo 13 hubo un, menos cinematográfico, Apolo 11, el 16 de julio de 1969, cuando Roberto Roena reunió a la tripulación que lo acompañaría –gran parte de ella- a través de un viaje que aún no culmina y que lo llevó a conquistar un universo lejano, o al menos así parecía, para ese joven de pies veloces nacido en Mayagüez y que a sus 30 años ya tenía al universo de la música latina en sus manos. Fue ese impopular Apolo 11 la inspiración del nombre Apollo Sound, la orquesta que lo llevó al cielo de la música latinoamericana.

“Precisamente lo que yo quería era un grupo que no se concentrara en un solo ritmo”, manifiesta el hombre al que el ritmo borinqueño que lleva en la sangre lo graduó como maestro desde una edad temprana sin necesidad de pasar por un conservatorio. “El Apollo Sound era bilingüe al principio, tocábamos 50 por ciento en inglés y 50 por ciento en español, teníamos hasta tres cantantes que eran americanos porque queríamos poner a bailar a todos”, añade Roena y permite que su voz deje escapar una sonrisa.

Apollo Sound fue un enamorado seductor de los ritmos de la época: tuvo tardes de pasión con el rock and roll, noches de éxtasis con la música disco y mañanas de locura con el soul, y de cada uno de ellos se llevó un recuerdo para obsequiarlo a la bossa nova y así, con su piel de guaguancó y son, dar origen a criaturas magníficas que se movieron como espíritus endemoniando a los bailadores del Caribe.  Por eso pudo dar vida a hitos tan diferentes entre sí, pero tan congruentes al mismo tiempo, como “Spinning wheel” (cover del popular tema rock de Blood, Sweat & Tears), “El escapulario” o “Marejada feliz”.

Y al empezar a enumerar temas corremos el riesgo de la omisión imperdonable porque se nos quedan muchos afuera: como nombrar a “El sordo” sin dedicarle una mención a “Cui cui”; de qué manera destacar “Vigilándote” sin que “El progreso” se sienta menospreciado.

Pero hay un tema que se compró un párrafo en esta reseña y es “Mi desengaño”. Como explicar la genialidad es una necedad que solo puede desnaturalizarla, el maestro Roena se limita a coincidir con quien escribe en que es uno de los mejores temas que brotaron del que parece un dispensador inagotable de talento. “Sin dudas, es una canción que tiene de todo”, dice, y deja un silencio, seguro testigo del fracaso y fastidio que prueban los genios cuando deben explicar creaciones que para ellos son tan naturales como para el resto de los mortales lo es el caminar.

“Sí, es una canción que nunca voy a olvidar”, concluye, dejándonos con ganas de escuchar más, pero ya no esa voz cansada aunque alegre, sino de esa sección donde Brasil, Puerto Rico y Cuba se dan un banquete, a partir del minuto 3’23’’ del tema, cuando una samba viene lenta a través de las olas y de repente impacta los farallones de las playas boricuas y luego viene otra, más fuerte, con forma de bongó y fragmentos acuáticos que resuenan con una percusión in crescendo que en su momento de mayor angustia estallan en un beso apasionado entre el timbal y la conga, con un largo de trompeta que los observa cómplice. Piel erizada, obra maestra.

De la misma forma que el personaje central de “Marejada feliz” se va hasta la orilla del mar “a preguntarle a las olas si han visto a mi amor pasar”, Roberto Roena le pregunta a la plácida brisa sanjuanina qué pasó con los grandes soneros, dónde naufragó el talento de esa época.

“Yo tengo una preocupación que se la transmito a todos los muchachos, que siento que deben entender y respetar un poco más a lo que se dedican. Que le pongan más amor a lo que hacen y no sean tan conformistas. La música tiene muchos caminos y entre todos podemos recorrerlos pero si seguimos así no vamos a llegar a ningún lado”, expresa casi con dolor Roena, en una de las respuestas más largas que se atrevió a dar durante toda la entrevista, casi como manifiesto de su frustración por esa música que tiene prohibida la entrada a su casa.

Roberto Roena es un hombre de pocas palabras, quizás ya habló demasiado: lo hizo desde que sus pies contaron la historia de un niño de 16 años al que el ritmo le ordenaba dibujar siluetas tan imposibles como bellas en las pistas de baile de Borinquen; su voz brotó a través de los secretos que le contaron sus propias manos a los bongos y desde allí nos hicieron escuchar cómo el rock hablaba con la bossa nova y el guaguancó con el soul.

Acerca de juferoes

Licenciado en Ciencias de la Comunicación, editor de un conocidísimo portal online (que seguramente alguna vez has visto), apasionado de tecnología móvil y de música afrocubana. Mi escritor preferido es Andrés Caicedo y la mejor película que he visto en mi vida (creo) es La Hora 25 de Spike Lee.

Comentarios

3 comentarios en “La batuta de Roberto Roena

  1. Que mas se puede pedir, excelente ensamble y que mas que tener al propio Roena contandonos. Muy bien, felicitaciones!!!

    Publicado por Sergio R. | septiembre 24, 2011, 3:21 pm
  2. “Me encanta leerte niño”!!!

    Publicado por Triz | septiembre 24, 2011, 5:05 pm
  3. Que tremenda nota, la sacaste del estadio, muchacho, !Felicitaciones!

    Willy

    Publicado por Willy | septiembre 25, 2011, 10:57 pm

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